¿Por qué soy Abogado?

Tenía la edad de 20 años, cuando en el año 1996, encontrándome a mitad de camino de mi formación como Contador Auditor en un instituto profesional de la ciudad de Concepción, en Chile, siguiendo los pasos de mi padre (fallecido en el año 2011 Q.E.P.D.), me di cuenta que no me visualizaba contabilizando el resto de mi vida como trabajadora activa. Ciertamente, la contabilidad es muy entretenida pero sentía que algo me faltaba, que no sería suficiente para mí. Qué era eso?

Es así como, encontrándome en plena adolescencia decidí comunicar mi inquietud vocacional a mis padres, quienes me plantearon que podía elegir otra profesión siempre que terminara lo que había empezado, que en este caso sería la formación como contador general con mención en computación. Cumplí lo exigido por mis padres y en paralelo comencé a buscar mi vocación profesional.

Debo reconocer que, pese a mi juventud en ese entonces, y luego de un camino reflexivo plagado de sincronicidades, en el cual pude conversar con personas mayores que habían participado de modo relevante en mi formación técnica profesional a esa fecha, lo único que pude clarificar es que quería ayudar a las personas. Ese fue mi punto de partida en el camino vocacional, pero no sabía cómo iba a lograrlo.

Es curioso como a veces la vida de forma casi caricaturesca nos impulsa a tomar decisiones. Ese fue mi caso, pues como no tenía claro qué profesión iba a estudiar, lo que sí sabía era que tenía que ingresar a una universidad chilena porque la oferta académica de los institutos privados no era humanista, y para ello mis posibilidades eran apenas «un tercio» en relación a las posibilidades que otros jóvenes que habían cursado estudios de enseñanza media científico humanista de la época, pues mis notas valían un 30% menos para ponderar el puntaje de ingreso a una universidad. Todo esto me daba miedo, pero el valor que me faltaba me lo dio mi madre en el verano del año 1998 de la siguiente manera: nos encontrábamos en las afueras del conocido Preuniversitario Vignolo en Concepción, y como no me atrevía a entrar para preguntar por el curso de preparación de la prueba de aptitud académica que era necesario aprobar con un puntaje aceptable para ser admitida en una universidad, mi madre literalmente «me dio en empujón» para que entrara a pedir información de la matrícula, aranceles, y demás cuestiones académicas. Al final terminé matriculándome con el peso en la conciencia de que mis padres gastarían dinero que no les sobraba para que yo pudiera ingresar a una universidad para seguir mi vocación profesional.

Debo reconocer que mis estudios preuniversitarios fueron en un ambiente juvenil muy alegre, simpático, sano, en el cual hice buenos amigos y aprendí de manera rápida muchos contenidos que jamás había estudiado, ni en la escuela básica ni en el Liceo comercial, los cuales me permitieron mejorar mi vocabulario, aprender álgebra, historia de Chile e historia universal, y pude darme cuenta de que era capaz de leer rápido y sintetizar contenidos. En lo medular, gracias a la orientación vocacional brindada en el preuniversitario supe que mis fortalezas estaban orientadas hacia la formación humanista letrada, y entre las alternativas de carreras profesionales que tenía, elegí la carrera de licenciatura en ciencias jurídicas y sociales en la universidad de Concepción Chile, porque, a mi modo de ver, ser abogado permite ayudar a las personas con un cierto poder de acción en la sociedad. Dicho de otro modo: si era abogado podría solucionar problemas complejos de manera concreta, para que las personas superasen la aflicción que ello les producía. Además , la abogacía me permitiría ser independiente, lo cual me motivaba muchísimo. Lo logré o no?

Te lo cuento en otro capítulo de mi historia.

Recibe un abrazo fraterno,  estimado lector o lectora. Gracias por tu interés en leer estas líneas.

Laura Rodríguez Mabán

Directora LERMA Abogados

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